Suelen decir los propios jugadores que el partido más difícil de un Mundial es el primero, el debut. Y si la Eliminatoria es, efectivamente, la fase cero de una Copa del Mundo, la Selección pasó la primera gran prueba del ciclo Scaloni. Por eso la victoria ante Ecuador trasciende el 1-0. Tiene un componente emotivo intangible, por los 11 meses sin competencia, por la incertidumbre del cómo volver a ser, por la tensión de la pandémica circunstancia, por la anormalidad de jugar con público virtual, por el gol de Messi, por lo que significan tres puntos que, en cualquier clasificación, siempre se cuentan al final. En ese marco, el triunfo adquiere otro valor. Y aunque hay espacio para la crítica, para reclamar una mejoría, lo primero que se impone es celebrarlo. Y con el puño apretado.

Lionel Messi abrió la cuenta para Argentina

Es cierto que el penal a Ocampos que Messi transformó en su gol 71 con la celeste y blanca aclaró el escenario, compró tranquilidad, alimentó la confianza. Hasta ahí, ante un Ecuador replegado, decidido al partido físico, la Selección lateralizaba en busca de espacios y daba señales de que así no iba a tardar mucho en perder la paciencia. Sin embargo, lo dicho: el 1-0 de Leo aclaró el horizonte. Lo primero que hay que decir es que al equipo argentino nunca le faltó intensidad, fibra, espíritu. Sí, durante todo el partido, le faltó remate al arco, chances, situaciones. Salvo el grito del capitán, una desprolija de Lautaro, otra de Ocampos y una de De Paul, no hubo mucho más.

Sin embargo, por momentos, encontró descarga para Messi. Cuando eso ocurrió, Paredes fue su socio de apoyo y Ocampos, el posicional, con el que generó el penal del 1-0. El del PSG es, a lo Gago, el que mejor sabe leer los movimientos del 10. Y el del Sevilla, al menos esta vez, resultó una grata combinación. De hecho, fueron intercambiando movimientos durante todo el partido. Cuando el 10 iba a la derecha, el ex River se corría más de punta. Y al revés.

Hubo, entonces, buenas señales: cuando Messi encuentra espacios, la Selección es capaz de romper a cualquier rival. Solidario, enchufado, siempre al acecho del error rival, Leo ratificó su condición de líder futbolístico y espiritual. Hasta que se cansó. En el medio, con un Acuña siempre funcional a la causa, Paredes y De Paul hicieron lo que ya empieza a ser una marca registrada del ciclo: alternarse posiciones y funciones, si uno va, el otro se queda, si uno sale, el otro lo cubre. Aunque el de Udinese estuvo un tanto impreciso. Y la defensa dejó buenas sensaciones: firme y valiente Martínez Quarta, sólido Otamendi, con respuestas Armani, Montiel fue más punzante que un siempre contenido Tagliafico. En ese marco, Argentina dio señas particulares de equipo. Y después de dos entrenamientos en casi un año, no es poco.

Ahora bien, esa diferencia que la Selección pareció marcar más en el juego que en el resultado en el primer tiempo, en el segundo se emparejó. Alfaro provocó que su equipo saliera más, ganara metros en ofensiva y en amenaza. En general, el equipo de Scaloni nunca terminó de sentirse cómodo ante un rival que, sin patearle a Armani, fue intenso, enérgico y le exigió siempre máxima concentración. Y por eso, terminó replegado, sin aire, sufriendo más de la cuenta.

En ese sentido, los primeros cambios aportaron poco. Salvio no hizo pie ante la lesión de Acuña y Alario no le dio mayor peso ofensivo que Lautaro, lejos del nivel de los anteriores partidos en la Selección. Después, sólo hubo lugar para el sacrificio, para el aguante y para el festejo. Siempre el primer partido rumbo al Mundial es el más difícil. Siempre, ganarlo, es saludable.